Para el psicoanálisis y su clínica, el concepto de perversión constituye un elemento esencial dentro de su edificio teórico, puesto que designa, junto a la neurosis y la psicosis, una de las tres posiciones subjetivas estructurales. A partir de los aportes de Freud comienza a reconocerse la impronta de una dinámica propia de los procesos perversos. Freud va a diferenciar los puntos de anclaje de la perversión en relación a la “sexualidad normal” y a otorgarle una identidad propia, con una configuración libidinal y mecanismos defensivos singulares.

El devenir a la pulsión sexual vinculada originariamente a la oralidad, culmina, según la concepción freudiana, con el acceso a genitalidad. Las etapas iniciales oral, sádico-anal y genital, son parte fundamental del proceso de construcción de la sexualidad humana, que culmina en la adolescencia. La tesis de Freud se constituye en el supuesto de que la pulsión sexual se orienta hacia la genitalidad heterosexual; la meta de la pulsión “normal” y esperable, es la búsqueda de un placer genital con los órganos del otro sexo. Pero advierte Freud que dicho devenir está expuesto a múltiples fracasos y encuentra que la pulsión admite variaciones en cuanto al objeto o la meta.

El objeto constituye de por sí la parte más variable de la pulsión sexual, como señala en 1915 en “Pulsiones y destinos de pulsión”. A lo largo de las etapas libidinales que atraviesa la pulsión el objeto cambia de acuerdo a la predominancia erógena. Será en un comienzo el pecho materno, o las heces, el objeto externo que permanecerá ligado a la satisfacción pulsional. La homosexualidad consistiría según esta perspectiva en una variación, también, de la pulsión en cuánto al objeto.
Si la sexualidad humana se orienta a la genitalidad y esta debe pasar para constituirse como tal por las fases previas descriptas por Freud, la perversión resulta de un anclaje libidinal a alguno de dichos estadios. Pero aún cuándo se haya garantizado el acceso a la genitalidad señalada, esta no logra prescindir por completo de la satisfacción de la vía perversa. Los resabios del tránsito de la pulsión en búsqueda de satisfacciones parciales son integrados a la genitalidad como los juegos previos a la consumación del acto sexual. A diferencia de la mayoría de los sujetos, el perverso ha transmutado la meta de la pulsión, que ya no está orientada a la búsqueda y el placer genital, por el placer ligado a un objeto fetiche que lo sustituye. Lo que para el neurótico deviene en la construcción de juegos introductorios a la consumación sexual, son para el perverso el fin último de la pulsión.

Freud considera la perversión como el “negativo de la neurosis”. La frase, que ha traído no pocas polémicas, viene a señalar que el síntoma neurótico encierra el mismo origen pulsional que el perverso. A diferencia del perverso el neurótico vive su sexualidad en privado, escenario ideal para sus fantasías que no logra poner en acto. Sucumbe a la represión del goce y se resigna a sostener un deseo insatisfecho. El fantasma del neurótico sería esencialmente el mismo que el del perverso, sólo que este vive con el otro su fantasma y lo incluye con o sin su consentimiento.

Si la clínica de la neurosis es la clínica del deseo, la de la perversión se constituye como la clínica del goce. El imperativo perverso señala que no es posible dejar de gozar. El neurótico se cuida a sí mismo de arder en la pasión del goce y crea las estructuras e instituciones sociales necesarias que le garantizan la represión del mismo. Si las normas instituidas existen en la medida de sostener la insatisfacción del neurótico no sorprende que el perverso se proclame contrario a ellas. Pero más que buscar la transgresión de la ley el perverso busca no transgredir su propia ley, aquella que señala el goce como destino.

En 1915 Freud define dos destinos pulsionales características de los procesos perversos: el “trastorno hacia lo contrario” (de la actividad a la pasividad) y la “vuelta hacia la persona propia”. Pero, posteriormente incluirá el concepto de pulsión de muerte, reformulando la doctrina de las pulsiones y con ello sus teorizaciones entorno al sadismo y la perversión. La categorización que realiza Freud entre pulsión de muerte y Eros implica una relación de subordinación de los componentes sádicos normales de la pulsión, puestos al servicio de la autoconservación del individuo (y la especie). Así, la pulsión de muerte se encuentra subordinada a Eros.

El sadismo constituiría la exteriorización de la pulsión destructiva fuertemente ligada a la pulsión sexual. En él se invertiría dicha subordinación y la meta erótica es puesta a favor de la pulsión destructiva. El entramado Muerte y Vida siempre estaría presente para Freud, aún cuando la pulsión destructiva emerge sin propósito sexual, se reconoce la satisfacción narcisista subyacente, a favor de los deseos de omnipotencia del yo.