Freud va a diferenciar la sexualidad en el ser humano del resto de los animales y define para ello el concepto de «pulsión» diferenciada del «instinto» propio del mundo animal. Mientras que el instinto alude a una serie de comportamientos preformados y hereditarios, adaptados a un único tipo de objeto, la pulsión en cambio, admite variabilidad y es en sí misma una representación, la representación psíquica de los estímulos provenientes del interior del cuerpo.

Como señala Abadi, la sexualidad humana tiene que ver más con los aspectos psíquicos que con un hecho biológico, en la medida que pasa a ser un vehículo de un proceso de significación. El tejido de la sexualidad humana, constituiría más una verdadera “psicosexualidad” en tanto que el impulso biológico viene a estar recubierto por una serie compleja de representaciones y estructuras ideo-afectivas.

La pulsión constituye un concepto central para la comprensión de este fenómeno, que da cuenta de las complejidades en las que se inscribe la sexualidad y de sus atravesamientos somáticos y culturales. En un mismo concepto encontramos representado en un polo lo biológico, filogenético, fisiológico, etc. y en otro extremo el objeto en relación con otros, implicado y determinado culturalmente. El espacio psíquico se constituye en esta multi frontera, como un sistema abierto y zona de intercambio. Resulta por demás difícil dar cuenta de límites precisos en dichas transacciones y separar objeto de deseo, cuando este es parte fundante del aquel, es “objeto causa de deseo”, deseamos en definitiva aquello que tiene representación, lo que el medio cultural nos provee.

Las etapas libidinales recorridas por el niño (oral, sádico-anal y genital) dan cuenta de la variabilidad de objetos que admite la pulsión sexual para su satisfacción. Dicho peregrinar, en un sentido amplio, nunca tiene fin, ya que la pulsión busca aquello que le falta. En este sentido hablamos de la sexualidad no ligada a lo genital. El psicoanálisis ha ampliado la noción de sexualidad en cuanto a su extensión ya que abarca no sólo la actividad genital, sino toda la actividad humana. El impulso sexual sublimado será el que se encuentre detrás de la búsqueda y logro de objetivos socialmente valorados como estudiar una carrera o realizar tal o cual emprendimiento.

Cuando el desencuentro del objeto y la pulsión adquieren niveles clínicos de padecimiento podemos hablar de sufrimiento histérico. El histérico, en su empresa puesta al objetivo de la insatisfacción, renovará siempre la búsqueda de un ideal inalcanzable, que atraviesa el tipo de relaciones objetales que construye. Ya se trate de la búsqueda de una pareja, su vocación profesional o inclusive la elección de un nuevo par de zapatos, no se encuentra nunca satisfecho. Más aún, aquello que no ha elegido, la pareja que no tiene, el otro par de zapatos que fue descartado, en definitiva el camino que aún no ha recorrido, es lo que renueva siempre su ilusión de completud.