peregrine_falconPrimero pensamos en el azar, en el milímetro cúbico de suerte que se necesita para seguir viviendo. Lejos de la tierra, lejos del mar, la nave perdida de Air France suspendida en medio de la nada, oyendo nada más que su propio quejido, como quien se escucha respirar en medio de la noche. Sólo unos leves impulsos que transmite el chip anónimo de la computadora y todos los sueños están ahora en sus manos, los lugares sin visitar, la vida no vivida, un latido tenue que se apaga.

La velocidad aumenta verticalmente, el horror y el espanto, lo imposible, y sin embargo… real. Luego pensamos en el azar, en el milímetro cúbico de suerte que exige estar vivo. En otros pasajeros que a estas horas llenan algún aeropuerto, que vienen y van, mientras las noticias brindan los últimos detalles de la tragedia. La vida continúa aunque una nave esté perdida en el fondo del mar. ¿Por qué no se devolvieron todos los billetes o se cancelaron todos los vuelos de todas las aerolíneas del mundo? ¿No es suficientemente aterrador? ¿Qué es este automatismo de concebir la desgracia como ajena? ¿Por cuál mecanismo nos hacemos indiferentes e insensibles al peligro?

La máquina sigue en marcha, las turbinas, los aeropuertos, los pilotos, las azafatas, los aviones, radares, los negocios, el ocio, las agendas, las giras, los encuentros, congresos, el trabajo, el comercio, el capital… las bandejitas de snack… tantas cosas. ¿Es posible pararlo todo? Ahora pensamos en la vida, en sus misterios… en la energía vital que une todas las cosas. En que es imposible evitar, aunque quisiéramos, todos los riesgos, las posibilidades de accidentes o enfermedades. Por lo que sabemos tomar un avión es un acto que reviste una dosis de inconciencia, y paradójicamente la vida necesita de una cuota de locura para que valga la pena. No correr ningún riesgo implica vivir atemorizado, sin capacidad para vivir experiencias nuevas.

A propósito del accidente aéreo vuelo 447 de Air France