Consideramos el acto criminal como el producto de un cruce de variables complejas, psicosocioculturales, pero en lo que atañe a nuestra especialidad son los aportes del psicoanálisis los que nos han permitido teorizar y encontrar una explicación psíquica de estos fenómenos. De acuerdo al psicoanálisis es posible considerar cierto innatismo en el ser humano hacia la trasgresión y las conductas sociales. Esta predisposición a “hacer el mal”, ¿se trata en ultima instancia de la puesta en juego de la pulsión de muerte o existen otros factores? Por otro lado ¿existen límites precisos entre el comportamiento criminal y lo que consideramos normalidad?

El abordaje de estas preguntas admite diversidad de encuadres y modelos teóricos desde los cuales pensar el fenómeno. Podemos ubicar el foco de nuestro problema atendiendo más a los factores culturales y sociales o por el contrario ceñirnos a aquellos aspectos internos del sujeto, vinculados a su psiquismo, que determinan el observable de la conducta criminal. Al mismo tiempo, la naturaleza de estos fenómenos hace que sea difícil trazar un límite claro adentro-afuera, siendo que por regla general esos límites son borrosos y que casi siempre podemos comprobar que lo que llamamos mundo interno es en realidad una consecuencia y una instancia representante de lo que una vez fuera externo.

Melanie Klein ha dado cuenta de la relación que se establece entre el sujeto y el entorno. Señala la presencia de tendencias asociales en el niño y los mecanismos de introyección y proyección en la constitución del aparato psíquico. En su texto “Sobre la criminalidad”, retoma la línea de algunos de sus trabajos anteriores, reflexionando entorno a los factores que subyacen al desarrollo asocial en los niños. Esta autora considera que los niños que muestran tendencias asociales y criminales son quienes más temen una cruel represalia de sus padres. Klein sugiere que es la abrumadora severidad del superyo el responsable del comportamiento característico de las personas asociales y criminales. Entonces, lo que pone en consideración es que lo que subyace a la agresividad del niño, es que este actúa determinado por unas fantasías inconscientes. Estas fantasías inconscientes surgirían por la proyección de los impulsos agresivos en los padres y por la posterior introyección de la imagen fantástica y distorsionada de ellos. Según la autora, el niño intenta protegerse de su mundo interno violento redoblando en su imaginación sus ataques contra ellos; su propósito para deshacerse así de sus objetos es en parte para silenciar las intolerables amenazas del superyo. De esta manera se establece un círculo en relación a la angustia que esto le genera; la angustia lo impulsa a destruir sus objetos, lo cual termina por incrementarla y así nuevamente intentará tramitarla por la vía de la agresión. Es este círculo vicioso el que está según la autora detrás de las tendencias asociales y criminales de un sujeto.

Para el psicoanálisis en general habría una predisposición en la naturaleza humana hacia el mal. Más allá de todos los esfuerzos por minimizar sus efectos, por domesticarla, una parte de estas fuerzas internas persistirá y son constitutivas de todo psiquismo. A través de las ideas de Freud, encontramos que la relación del hombre con la cultura implica siempre un movimiento de renuncia y de represión al principio de placer que rige la vida pulsional. La posibilidad de satisfacción de las pulsiones que nos gobiernan estará dada por el éxito de los mecanismos de sublimación, a través de la puesta en marcha de metas socialmente aceptadas. Pero dicha posibilidad sublimatoria está expuesta a múltiples fracasos ya que presupone una disposición neurótica de la personalidad, y aún así, para el neurótico su éxito no está siempre garantizado.

Como han señalado Alexander y Staub (1961), todo hombre es innatamente un inadaptado, un criminal que ha renunciado a través del pacto social a las exigencias primitivamente asociales presentes desde la infancia. Si el sentimiento jurídico del Yo se ve lesionado este renuncia a la espera de una prestación recíproca por parte de la sociedad y se levanta en franca rebeldía. La diferencia entre el delincuente y el hombre “normal” consistiría en que éste desvía sus instintos criminales hacia fines inofensivos, adquiriendo dicho dominio a través de la educación.

En el carácter neurótico encontramos una lucha contra la sociedad, un vínculo impregnado de conflictos entre conductas sociales y asociales. El criminal neurótico es un efecto de dicho carácter, cuyo actuar se expresa contra el mundo exterior bajo el influjo de móviles inconscientes, al igual que un síntoma, se trata de intento por resolver su particular padecimiento subjetivo; al decir de Lacan es el intento de resolución del “callejón sin salida subjetivo”. El grupo más importante de estos crímenes son los llamados “criminales por sentimiento de culpabilidad”, señalados por Freud, en los que encontramos la preexistencia de sentimientos de culpa en el sujeto y una búsqueda de alivio de ellos a través de la concreción del acto. El criminal, en base a un sentimiento inconsciente de culpa, tiene como fin último el ser castigado, y es su necesidad de ser sancionado y castigado en relación a su estructura la que pone de manifiesto.

De acuerdo a la clínica psicoanalítica encontramos que la neurosis es una de las estructuras psíquicas posibles y “normales” planteando un funcionamiento y accionar distinto a la perversión o la psicosis. El perverso no se presta al juego pulsional por vía de la satisfacción por meta inhibida, propia del neurótico, sino que siempre es “empujado” desde su interior a poner en acto su goce con el otro, de tal modo que lo incluye con o sin su consentimiento. Como señalan Tenderaz y García (2008), el pasaje al acto en la perversión, involucra la puesta en juego de un fantasma en la escena, por lo que la elección de las víctimas obedece y responde a una condición erótica particular.

Pero al mismo tiempo, también, debemos considerar que no todo acto criminal implica una estructura clínica determinada o analizable. En este sentido, Alexander y Staub diferencian un grupo de crímenes cometidos por sujetos bajo el influjo de enfermedades orgánicas, o los llamados “criminales normales”, identificados a modelos criminales pero con una estructura psíquica similar a la de un hombre “normal”.

Por último, nos referiremos brevemente a los crímenes cometidos en el marco de una psicosis. En muchos casos resulta difícil diferenciar el pasaje al acto producido por un perverso o un psicótico; cuando faltan los elementos positivos de la psicosis como las alucinaciones y los delirios. El sentimiento de culpabilidad que mencionábamos para la neurosis también es válido en el caso de los psicóticos. Dicha necesidad inconsciente, Lacan la refiere como un determinismo autopunitivo que se esconde tras muchos de los crímenes perpetrados por los psicóticos paranoicos y del crimen o el castigo como cura para el delirio. Es esta búsqueda autopunitiva la que evidencia por ejemplo en relación al caso Aimée quien tras veinte días de haber sido encarcelada resultó curada de los delirios que aquejaban a su psicosis. Lo mismo encontramos en el caso Madame Lefèbre, que dejó de padecer la hipocondría que la afectaba durante años, luego de ser privada de su libertad.