La Real Academia Española define “Adoptar” como el “Recibir como hijo, con los requisitos y solemnidades que establecen las leyes, al que no lo es naturalmente”. La adopción implica un doble movimiento: dar hijos a quienes no han podido procrearlos y la de brindar padres a quien no los tiene. Al hablar de adopción estamos haciendo referencia a necesidades insatisfechas, a historias de abandono, al lugar de los procesos imaginarios en relación al “origen”, a las diferencias y a la diversidad, al encuentro con la alteridad, a la incertidumbre y al temor a la pérdida.

Al hablar de familia adoptiva, hablamos implícitamente de modelos de familia y los cambios en los modos de pensarla que encontramos en los últimos tiempos. Los cambios sobrevenidos en la sociedad de los últimos 20 años han desplazado el modelo familiar único y hegemónico referente centrado en lazos biológicos, biparental y heterosexual. Conceptualizar la familia implica concebirla como una estructura abierta y compleja, en permanente cambio con el afuera. No es posible siquiera hablar de la familia, sino de las familias. Entre ellas, la familia adoptiva también se ha complejizado y posee novedosas diversidades: adopción de niños recién nacidos, niños grandes, grupos de hermanos, de mujeres y hombres que desean ser padres sin conformar una pareja, de niños provenientes de otros países, comaternidad y copaternidad adoptiva, concepción a través de material genético, donación de gametos, por nombrar algunas.

La sociedad en su conjunto necesita de un trabajo de flexibilidad y acomodamiento para hacer frente a la crisis del modelo tradicional que permita aprehender las nuevas y múltiples inscripciones de lo familiar. Dado el campo de trabajo que nos convoca, el de la psicología forense, abordaremos en este trabajo los aspectos jurídicos y psicológicos relacionados con la adopción, o visto la complejidad del tema un breve recorrido por alguno de los más relevantes de ellos.

La familia medieval cumplía apenas con la función de la transmisión de la vida, los bienes y el apellido (Ariès, 1987). Se ignoraba por entonces la idea modernista de la educación, que llevará hacia nuestra sociedad actual y su preocupación por los problemas físicos, morales y sexuales de la infancia. Con el surgimiento de la revolución industrial y la burguesía se asientan los fundamentos del moderno concepto de familia que considera a la mujer y los niños como parte de los bienes que posee el padre de familia. Señala Ariès que durante mucho tiempo los niños vivían mezclados con los adultos, indiferenciados aproximadamente a partir de los siete años, edad en la que se los consideraba autosuficientes.

A principios de la era moderna encontramos un resurgimiento de la idea de edad del neolítico que suponía una diferencia y un paso entre la infancia y la adultez, algo que la civilización medieval desconocía. Las órdenes religiosas durante los siglos XVI y XVII se convierten en órdenes docentes cuyas enseñanzas no se dirigen ya a los adultos como en la Edad Media sino que se reserva esencialmente a los niños y jóvenes. Impera una ideología dominante a través de la cual se comienza a ver al niño como alguien que no está preparado para afrontar la vida, que es necesario someterlo a una educación y régimen especial antes de permitirle convivir con el mundo adulto.

La familia comienza por entonces a cumplir con dicho rol, asumiendo una función moral y espiritual; los padres ya no sólo engendran hijos sino que son los responsables de proporcionarles una formación para la vida. La escuela será el instrumento a través del cual se sustituye el aprendizaje tradicional por una nueva disciplina ahora más severa. Aquella infancia antaño libre contrasta con el régimen disciplinario moderno cada vez más estricto que condujo en los siglos XVIII y XIX a la reclusión total del internado. La familia moderna sacó de la vida común a los niños originando el fenómeno burgués a través del cual los juegos, escuelas e internados, que al principio eran comunes a toda la sociedad, son considerados instrumentos de clase.

A partir de 1960 se impone la familia “contemporánea” o “posmoderna”, que une por un período de extensión relativa a dos individuos en busca de relaciones íntimas. La atribución de la autoridad comienza a ser cada vez más problemática, en correspondencia con el aumento de divorcios, separaciones y recomposiciones conyugales. Se profundiza un período histórico de ruptura de los vínculos comunitarios y de aislamiento del niño y la familia. Las familias posmodernas de Occidente atraviesan un período de transición y crisis del modelo nuclear biparental centrado en lazos biológicos.

Hoy encontramos múltiples inscripciones de lo familiar en las que se ha desplazado el tradicional centro de poder y autoridad de la jefatura masculina. Las familias premodernas, concentradas en función de los intereses del linaje brindaron un contexto comparativamente más estable para la vida de sus integrantes que, como señala Meler (2008), dicha estabilidad de la organización familiar coincidió con tendencias sociales hacia la conservación de las tradiciones. La inestabilidad en las organizaciones actuales características de la posmodernidad afecta tanto al mercado laboral como a las organizaciones familiares.

Los vestigios de la herencia de un modelo “natural” de familia, subsisten aún en nuestros días. A través de los procesos de naturalización se considera “natural” aquello social e históricamente consolidado. De este modo persiste en el imaginario social la idea de ligar a la mujer al ejercicio de la maternidad desvinculando al padre de la crianza infantil, tradicionalmente adjudicado a la mujer. En este sentido aún hoy se considera que aquella mujer que no mantiene a su hijo consigo sería aquella que se encuentra “en conflicto con su maternidad”. Como señala Giberti (2006), dicha categorización alude a una función o actividad natural por extensión inapelable, de tal manera que de no acatar la convivencia y manutención del niño encuadraría en el ámbito del conflicto. Existe un profundo estigma social asociado a la mujer que “abandona” a sus hijos en una institución. Señala la autora que dicho abandono no es tal ya que el mismo permanece a resguardo de las instituciones destinadas a protegerlo. Madre abandonante que es el producto de las múltiples inscripciones del androcentrismo en el que se fundamenta la cultura hegemónica.