La heterogeneidad de repertorios familiares actuales no impide comprender que existe una especificidad en lo que refiere a la familia adoptiva. Lipski  señala que la cualidad constitutiva que las identifica es el privilegio del origen biológico y cultural ajeno a los adoptantes en el que transcurre la crianza del niño. Las familias adoptivas homologan una ausencia de origen biológico en común y se tornan singulares en la diversidad de orígenes, historias y circunstancias de cada adopción y crianza.

Beramendi et al (2011) sostienen que los vínculos familiares se constituyen siempre sobre el velamiento de la ajenidad. Aún en el hijo biológico se es un otro ajeno, diferente del Uno. Señalan las autoras que las significaciones sociales con fuerte pregnancia de los ideales del modelo familiar co-sanguineo favorecen el corrimiento de ese velo en el vínculo. En el caso de los padres adoptivos encuentran un plus de trabajo ya que hay un otro sin velo que es necesario “hacer” propio. Entonces las significaciones sociales al favorecer la constitución vincular con el hijo co-sanguíneo al velar su ajenidad, operan como obstáculos a la hora de la conformación del vínculo por adopción.

Señala Berenstein (1976) que la familia nuclear pone el acento en la familia como unidad biológica y el grupo familiar como sistema contiene lo biológico como límite pero su particularidad como sistema es la relación significada de los vínculos más allá del hecho biológico intrafamiliar. Caracteriza la operatoria del vínculo como producción de Dos que no resulta de Uno y Uno. La idea de algunas parejas y familias de que ‘somos uno’ no sólo contendría para el autor un equívoco sino una capacidad letal en el repudio a la diferencia inherente a pertenecer a un conjunto.

En este sentido Abelleira y Delucca (2004) tomando los aportes de Berenstein, plantean una discontinuidad entre lo biológico y lo semántico, retomando la noción de vínculo para la caracterización del espacio simbólico familiar. El vinculo, liga establemente lugares, uniendo al yo y al otro, con un sector representable y uno que no lo es por su condición de exterioridad. Señalan las autoras que “lo no representable, no asimilable al yo, recibe también una inscripción que es propia de las estructuras vinculares, como la de algo ajeno al yo con lo que ha de relacionarse”.

Para Fryd (2001) elegir la adopción es un salto en la familia, un punto álgido de la paternidad ya que frecuentemente aparece la esterilidad en alguno de los cónyuges. Señala que depende de cuál sea el saber hacer de cada uno de ellos con respecto al significante “adopción”, para que éste sea o no una carga para el niño que va a heredarlo y que sea o no un punto de fijación obligado. Adoptar un niño es mostrar un modo diferente de gozar de la paternidad. La incógnita de lo que el niño “trae” enfrenta a los padres al develamiento de su propio fantasma y por este motivo existe riesgos de permanecer entrampados en dicha fantasmática.

Para el niño, por su parte, se abren una serie de interrogantes que atañen a todo sujeto-niño. Por un lado lo que refiere a la pregunta acerca del deseo de los padres. Constituye un tema oscuro ya que el sujeto no tendrá nunca acceso a lo que ellos han querido. Ni siquiera en un análisis, un sujeto tendrá más que una percepción fugitiva de ese deseo de los padres. En este sentido Piera Aulagnier sostiene que el niño necesita del discurso de los otros significativos para poder crear el “primer capítulo del libro de su historia”, relato que cuenta de qué deseo su nacimiento fue resultado.

Si bien la ley permite a los niños adoptivos conocer acerca de su origen esto acontece a una edad tardía una vez cumplidos los 18 años. Como señala Eva Giberti (2013) esto ocurre porque los niños y niñas adoptivos no forman parte de los grupos que encabezan las luchas sociales capaces de confrontación. Depende de las estructuras jerárquicas que deciden acerca de sus vidas, las leyes, los jueces y los adoptantes. Se pregunta por qué a los 18 y no a los 16, si es que están habilitados para votar a dicha edad. Sostiene que estos niños tienen la capacidad de conocer mucho antes, expediente de por medio, aquello que necesitan saber.

Señala la autora, que la aparición de “la verdad” no es tal sino la historia escrita en un expediente, en él queda pendiente para el niño todo aquello que no está dicho. Beramendi et al en este sentido, sostienen que el tratamiento jurídico en relación a la noción de conocimiento de la realidad biológica del niño adoptivo obstaculiza el acceso al conocimiento cabal de su identidad. Se preguntan si la noción de realidad biológica, sin el acompañamiento de la dimensión afectiva, histórica y de deseo, no podría operar como un enunciado conclusivo que despoja al sujeto de su historia.

Para terminar señalamos que todo lo silenciado entre los miembros de esa pareja, conflictos y frustraciones, cobran voz cuando el niño adoptivo inaugura su discurso propio, comentando y preguntando. Como señala Gelman, hace 40 años la adopción era un tema silenciado, fundado en la certeza de que “es mejor no decirle”, destinando a crecer bajo el ocultamiento a muchos adultos de hoy cuyos padres solían mudarse luego de traer el hijo a casa. El interés en borrar la historia y las marcas de una singularidad inherente a la identidad ha sido un trabajo inútil y costoso que no deja de producir el efecto contrario, algo del orden de lo traumático. Más allá del efecto patógeno inherente a las vivencias de abandono, que en sí mismas encierran una potencial traumático, es el discurso de los padres, lo que va a permitir resignificarlas, no bajo el influjo de la negación o la desmentida sino de la aceptación de la diferencia como el capital más singular y rico que trae consigo cada sujeto.