Podemos definir el ASI como la participación, del niño o el adolescente en actividades sexuales que no son capaces de comprender ni prestar un consentimiento informado, por su inmadurez o corta edad y que viola los tabúes sociales de los roles familiares. Abusar implica desde la etimología un usar mal, un uso enajenado del cuerpo del otro, en el que el otro puede obrar según capricho.

El maltrato infantil, tal como lo establece Beigbeder de Agosta, resulta una disfunción social pero también un delito perpetrado a un menor por parte de quien debería velar por su seguridad y protección, un adulto. La Organización Mundial de la Salud (1986) especifica el ASI cuando “[…] un niño es víctima de un adulto, o de una persona evidentemente mayor que él, con fines de satisfacción sexual”.

Por su parte, Sarmiento et al. definen el ASI como “[…] todo contacto sexual en un niño menor de 18 años por parte de un familiar-tutor adulto desde una posición de poder o autoridad sobre él, agravado por el hecho de que el niño confía plenamente en este adulto”. Agregan, a su vez, que también es considerado como abuso sexual el acercamiento inadecuado que se da entre dos menores de diferentes edades, donde uno utiliza sobre el otro, algún tipo de coerción. Estos autores señalan que el ASI es una forma de abuso físico y psicológico y consiste en la utilización de un niño, por parte de un adulto para satisfacer los deseos sexuales de este último. El mismo puede incluir distintas formas de acercamientos sexuales inadecuados: manoseos, caricias inapropiadas, exhibiciones obscenas, manipulación de los genitales del niño, inducción a que el niño manipule sus genitales o los genitales del agresor, penetración vaginal o anal, sexo oral, corrupción, obligar al niño a contactos sexuales con animales, inducción y/o presión para el ejercicio de la prostitución (…) Además, agregan que se debe tener en cuenta el ‘consentimiento’ para dicha actividad sexual. Para que una relación sexual, o cualquier otra actividad sexual, no sea considerada como abuso, debe realizarse con el consentimiento de ambas partes; consentimiento que un niño no está en condiciones de proporcionar, debido a su inmadurez biológica y psíquica.

Hace no más de treinta años el fenómeno del abuso sexual era considerado una problemática extraña, de poca probabilidad de ocurrencia y sus efectos a largo plazo no eran considerados la base de aflicciones o perturbaciones en la salud mental de quienes lo sufrían. De este modo, detrás de motivos de consulta tales como disfunciones sexuales, adicciones tempranas, trastornos en la alimentación, depresión, intentos de suicidio, ansiedad generalizada, baja autoestima, tanto en población adulta como en adolescentes, no se sospechaba su posible correlación con situaciones de victimización en la infancia.

La sexualización de un niño por parte de una persona adulta involucra el silencio individual, familiar, colectivo y se apoya en el esfuerzo de toda la sociedad para mantenerlo oculto. Es por eso que el problema necesita del mismo empuje para revelarlo, detenerlo, reparar sus consecuencias y también prevenirlo. En este sentido Echeburúa y Guerricaechevarría sostienen que: «El abuso sexual a menores es un problema universal que está presente, de una u otra forma, en todas las culturas y sociedades y que constituye un complejo fenómeno resultante de una combinación de factores individuales, familiares y sociales. Lo que importa es que, en cualquier caso, supone una interferencia en el desarrollo evolutivo del niño y puede dejar unas secuelas que no siempre remiten con el paso del tiempo».

La sociedad se ha mostrado siempre indiferente al maltrato infantil, centrada en el adulto y sostenida en rígidas creencias de la falsedad del testimonio infantil. Sin embargo, la violencia familiar no resulta un fenómeno reciente, por el contrario ha sido una característica de la vida familiar aceptada desde tiempos remotos. Recién comienza a ser considerada en su gravedad en la década del sesenta en los países anglosajones y en la década del ochenta en nuestro país. Si bien se reconoce que su origen es muy antiguo, las pautas sociales tradicionales han contribuido a la naturalización del fenómeno del ASI. Con el surgimiento de la revolución industrial y la burguesía se asientan los fundamentos del moderno concepto de familia que considera a la mujer y los niños como parte de los bienes que posee el padre de familia.

La figura del padre, copia de la del Señor Feudal, se reservaba el derecho llamado de pernada que era el de iniciar a las mujeres correspondientes a su feudo. Pierre Bordieu señala que el acoso sexual no siempre tiene por objetivo la posesión sexual que parece perseguir exclusivamente, sino que tiende a la posesión sin más, como mera afirmación de la dominación en estado puro. Para Contreras Jimenez el abuso sexual es una forma sexual de violencia y no ya una forma violenta de sexualidad.

El padre hacedor de la Ley, colocado en la situación de amo, déspota de un poder desigual es un aniquilador de la subjetividad de la víctima a la vez que aniquilador de la función paterna. La claudicación de la función paterna y el borramiento de los límites en los vínculos familiares por vínculos incestuosos produce una profunda confusión en la subjetividad de la víctima. En la consumación del acto incestuoso se borran los límites de la triangulación edípica que designan los lugares descriptos como padres e hijos.

Desmantelamiento de resistencias y defensas por efecto de lo traumático, la estructura del niño incestuado es una estructura que ha sido “estallada” en la que se han roto los enlaces psíquicos con la realidad y la propia subjetividad. Silvia Bleichmar sostiene que el impacto de lo traumático se produce por la ruptura en dos grandes organizadores del yo: la autopreservación y la autoconservación. El primero lo relaciona con los procesos identificatorios, la representación de lo que soy, de algún modo el propio mito personal con el que cada uno nos identificamos. La autoconservación, por otra parte, con el preservar la vida, también es una representación, pero no ya de identidad sino de la vida y la necesidad de su mantenimiento. Lo traumático viene a desencajar la correspondencia entre estos dos procesos, no puede sobreponerse a lo vivido en tanto no tiene representaciones, porque lo traumático opera en el borde de lo conocido-desconocido.